fbpx
SOMOS LO QUE DECIMOS
15944
post-template-default,single,single-post,postid-15944,single-format-standard,bridge-core-1.0.4,ajax_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-18.0.8,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.7,vc_responsive
 

SOMOS LO QUE DECIMOS

SOMOS LO QUE DECIMOS

Victor Klemperer era profesor de filología francesa en un instituto de Dresde. Judío por los cuatro costados, ni siquiera su condición de veterano de la I Guerra Mundial lo libró de las humillaciones y los padecimientos que el régimen nazi le tenía reservados. De la muerte lo salvó su matrimonio con una mujer “aria”, la valiente Eva, que preservó para la posteridad su diario de aquellos días terribles.

Después de la guerra, de vuelta a su cátedra, Klemperer escribió “LTI, la lengua del Tercer Reich”, una visión filológica del aberrante mundo creado por Hitler y sus secuaces. La manera en la que construimos el lenguaje de la comunidad no es casual ni caprichosa. Por ejemplo, para la sociedad alemana de los años 30 y 40 la palabra “fanático” carecía de su actual sesgo peyorativo. Conducirse con fanatismo caracterizaba la conducta del buen alemán y a la postre sirvió para justificar todas las barbaridades que ya conocemos.

Durante la crisis del coronavirus se impuso la jerga bélica. Nos llegaba por todos los conductos, especialmente los oficiales. Estábamos en mitad de una guerra, el virus era un enemigo letal, practicábamos un confinamiento defensivo. Si a este tiempo lo llamamos “desescalada” se debe a que previamente hubo una escalada (bélica, por supuesto, toda vez que la palabra define el acceso a una plaza fuerte utilizando escalas. Es fácil imaginarse al bicho trepando por la fachada). La “nueva normalidad” viene definida por el rigor militar: distancias prudenciales, cupos restrictivos… Estrategias definidas por el alto mando para derrotar al invasor.

Cada día se libraba una batalla. Atendíamos el “parte” que comunicaba la cifra de los caídos. Hacíamos colas. Vigilábamos al vecino. Nuestros seres más inmediatos, convenientemente desinfectados de cualquier afecto, pasaron a ser asépticos “convivientes”. Y, como ocurre en todas las guerras, fue necesario apelar al “heroísmo”. Eran héroes los ancianos en las residencias, los niños que no podían ir a la escuela, transportistas, cajeras, servicios de limpieza y, por supuesto, el personal sanitario.

La vida cotidiana convertida en campo de batalla transforma a los ciudadanos en combatientes abnegados y a los profesionales en héroes. No es retórica vacía: al héroe le puedes pedir que sea infatigable, que no se queje, que acometa el peligro sin reparar en daños, que reciba el aplauso pero no la justa compensación por su trabajo… Al ciudadano también. En tiempos de guerra cualquier sacrificio es exigible y, con la misma naturalidad que asumimos la lengua, no dudamos en asumir también la realidad. Las palabras que han de contar lo que venga a partir de ahora definirán lo que seremos como sociedad de aquí en adelante. Ojo con lo que decimos: es lo que somos.

 

Pachi Poncela, Director Creativo de Cronistar y de ‘La Radio es mía’ en RPA

Sin comentarios

Publicar un comentario