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LAS NUEVAS REGLAS DE LA COMUNICACIÓN
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LAS NUEVAS REGLAS DE LA COMUNICACIÓN

LAS NUEVAS REGLAS DE LA COMUNICACIÓN

Se acabó. Por fin, le hemos dado cristiana sepultura al 2020. Un año agotador protagonizado por la crisis sanitaria de la COVID-19, ese maldito virus que se llevó por delante la vida de decenas de miles de españoles, y de casi dos millones en el mundo. Un año de resistencia sanitaria y económica, pero también de aprendizajes y adaptación. Y es que al ser humano se le pueden reprochar muchas cosas, pero es innegable su poder de adecuación al medio. Su capacidad para desafiar a la fatalidad, sobre todo, si está en juego la comunicación, una destreza que se remonta a la prehistoria.

Tras los primeros contagios y fallecidos en nuestro país allá a comienzos de año, los ciudadanos seguíamos a diario el “parte” que comunicaba la cifra de caídos. Algo muy propio de un contexto bélico, como bien define Pachi Poncela en este artículo. Pasamos de tener nombres y apellidos, a ser números que conformaban estadísticas. Y evidentemente, esas cifras iban a estar en boca de todos.

Precisamente en los noticias y en las ruedas de prensa del Gobierno, hemos ido familiarizándonos con nuevos términos. Muchos ya los conocíamos pero apenas los usábamos, como “pandemia”, “estado de alarma”, “confinamiento”, “triaje” o “cuarentena”. Y otros, directamente, los hemos conocido en nuestros días como “desescalada”, “nueva normalidad”, “PCR”, “ERTE” o “asintomático”.

Una vez decretado el confinamiento en España, se ha puesto en jaque nuestros entornos comunicativos, especialmente, los más tradicionales. De las tertulias o los cafés en los que se arreglaba el mundo, hemos pasado a las videollamadas (mucho más frías desde luego). De las reuniones en la oficina, al teletrabajo. De los eventos con cóctel de bienvenida, a los webinars. De las aulas con treinta alumnos, a las clases virtuales. Del partido de pádel después de trabajar, al aplauso unánime a los sanitarios. Ejemplo este último de los mensajes de ánimo y esperanza que empezaban a inundar los balcones y las redes sociales.

Unas redes sociales que se han convertido – si no lo eran antes – en un medio catalizador de emociones. Quienes no las usaban, se lanzaron a la piscina, y quienes ya estaban dentro, se sumergieron hasta el fondo. Los datos poco esperanzadores sirvieron para agitar el árbol y sacar de ellas su mejor versión. Hemos tenido conciertos virtuales, retos de cocina e incluso hemos hecho deporte en nuestros salones. De manera virtual hemos podido hacer de todo, o casi todo. Capítulo aparte si después la pereza jugaba en contra. En cualquier caso, nadie nos puede acusar de no habernos adaptado.

La desescalada y la nueva normalidad trajeron consigo el uso de mascarilla, ese trozo de tela que los asiáticos ya habían puesto de moda en Europa hace tiempo. Esta nueva prenda, tan útil como desechable, nos priva de vernos la nariz y la boca, lo cual deja todo el protagonismo de nuestra expresión comunicativa a los ojos, los gestos y el tono de la voz, a día de hoy, nuestra carta de presentación. También el saludo se vio afectado. Los dos besos o el estrechamiento de manos entre extraños ya son historia. Ahora el choque de codos ha llegado para quedarse.

Como hemos podido comprobar, el 2020 nos ha hecho cambiar los códigos de la comunicación. El 2021 ya ha comenzado con nuevas reglas.

 

Gabriel Gallego

Consultor de comunicación y marketing

 

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