LA VOZ DE LOS MALOS
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LA VOZ DE LOS MALOS

LA VOZ DE LOS MALOS

Confieso haber acompañado a mi hermana, durante sus prácticas de psicología, para interrogar a un enfermo que había matado a su madre haciéndole tragar docenas de clavos. Confieso haber entrevistado, para un reportaje de Onda Cero sobre la guerra de Nagorno Karabaj, a Viktor, un inmigrante armenio que defendió aquella región de Azerbaiyán. Nagorno Karabaj es un conflicto congelado desde la era soviética que amparó episodios de limpieza étnica. Aquel tipo había contemplado, puede que incluso participado, en violaciones sistemáticas y matanzas de familias enteras.Y me habría gustado hacerle preguntas a Bin Laden, a Josef Fritzl, a Ed Gein e incluso a Hitler (Manuel Chaves Nogales pudo hacérselas a Goebbels). Qué periodista en su sano juicio no daría su patrimonio por haber podido preguntarle a Pol Pot o a Milósevic.

Terroristas, violadores, asesinos, dictadores, manadas, la historia del periodismo está plagada de entrevistas brillantes, condenatorias o absolutorias, a los autores de los actos más terribles que puede imaginar la mente humana.

Aunque no lo parezca, en los medios no salen –o no deberían salir- sólo buenas personas con buenos sentimientos que contribuyan al bien común. Entre otras cosas porque nuestras sociedades, la asturiana, la española, la europea, no sólo están construidas de humores equilibrados y reparadores. Y porque el interés periodístico de un santo o de un monstruo no identifica al periodista, ni a su medio de comunicación, con sus milagros o con sus aberraciones. El periodismo no es sólo dar voz a las buenas personas. También es interpelar al enemigo del bien público para ponerle ante el espejo. Para colocarnos a todos, como sociedad, frente a nuestro incómodo reflejo.

Siempre y cuando se preserven los principios deontológicos, siempre y cuando no se ofrezcan a la propaganda, las entrevistas incómodas son indispensables. Incluso más que las otras. Porque el propósito canónico de la entrevista es sencillo, pura mayéutica: conocer mejor al personaje y sacarle incluso aquello que quería ocultar o –mejor aún- que no sabía que sabía.

Uno entiende que la visión de Arnaldo Otegi en televisión, o de un miembro de la Manada, revuelva los estómagos más sensibles. Pero eso tiene una solución muy fácil: cambiar de canal, o apagar la tele. Lo otro; el boicot, el silencio, la censura, sólo contribuye a la confusión y al ruido. Carner, el gran prosista, decía que la verdad puede estar rota en mil pedazos, pero que es una. Un buen tête à tête contribuye a restituir los pedazos.

Es una cuestión recurrente. Sucede cuando la radio incomoda y también cuando lo hacen, con sus propias armas, la prensa o la televisión. Las secuencias atroces de la guerra de Bosnia, los cuerpos mutilados en el genocidio de Ruanda, los cadáveres de niños ahogados que dejan las políticas migratorias. ¿Dónde está el límite? ¿En qué momento dejamos de agitar conciencias y nos regodeamos en el dolor ajeno? ¿Sirve para denunciar un abuso o terminamos anestesiados por la estética de la miseria?

Lo explica Susan Sontag en “Ante el dolor de los demás”. No podemos pretender que el mundo no nos salpique; sería como aspirar a mantener la inocencia en una bacanal.

Marcos Vega, Director de Noche Tras Noche (RTPA)

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