fbpx
LA NUEVA VORÁGINE
En el telediario de la tarde, por los grupos de WhatsApp, por Twitter, por la radio… Recibimos un bombardeo constante de información, y ahora, más que nunca, eso sobrecarga nuestra atención y nuestro ánimo. En estos últimos años, el acceso a distintas fuentes de información ha ido aumentando. Estamos expuestos a una gran cantidad de estímulos visuales y auditivos, lo que merma nuestra capacidad de concentración.
comunicación, COVID-19, medios de comunicación
15912
post-template-default,single,single-post,postid-15912,single-format-standard,bridge-core-1.0.4,ajax_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-18.0.8,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.7,vc_responsive
 

LA NUEVA VORÁGINE

Comunicación

LA NUEVA VORÁGINE

En el telediario de la tarde, por los grupos de WhatsApp, por Twitter, por la radio… Recibimos un bombardeo constante de información, y ahora, más que nunca, eso sobrecarga nuestra atención y nuestro ánimo. En estos últimos años, el acceso a distintas fuentes de información ha ido aumentando. Estamos expuestos a una gran cantidad de estímulos visuales y auditivos, lo que merma nuestra capacidad de concentración.

Estos días, la crisis del Covid-19 nos ha llevado a un estado de saturación provocado por la sobreinformación que recibimos las veinticuatro horas del día a través de la televisión, los smartphones y las tabletas. Los apocalípticos dicen a este respecto que ya no estamos capacitados para sentarnos a leer un libro o ver una película de cine clásico porque estas se han convertido en actividades demasiado lentas para la velocidad a la que está acostumbrado a recibir información nuestro cerebro. Recibimos mucha información y en pequeñas dosis, porque es así la manera de que la asimilemos lo mejor posible. Hay que tener en cuenta que el cerebro humano no puede mantener la concentración durante más de 45 minutos, sin importar la fuerza de voluntad del individuo. Alcanza un nivel de saturación y no admite la entrada de nuevos datos, que empiezan, como diría la expresión, a entrar por un oído y salir por el otro sin pena ni gloria.

Pero el exceso de información no es en sí negativo. El verdadero problema reside, sobre todo, en la difusión de noticias falsas, de bulos alarmistas, que no hacen más que aumentar el estrés, la frustración y la incertidumbre. Estamos muy informados y, al mismo tiempo, más desinformados que nunca. La necesidad de contrastar información y corroborar las fuentes es inminente, pero, de nuevo, requiere tiempo y paciencia, cosa que, como ya hemos visto, brilla por su ausencia en estos momentos. Cualquiera podría pensar que ahora mismo, en tiempos de confinamiento debidos a la emergencia sanitaria, informantes e informados se mostrarían más alerta, demostrarían un mayor nivel de exigencia a la hora de dar o no por válida una noticia, un rumor o una sospecha. La realidad es la contraria: especulaciones que se convierten en noticia, medios de comunicación que transmiten la nueva información antes, incluso, que las propias instituciones oficiales… Es un caos comunicativo absoluto, ante el cual solo se puede aplicar la solución milenaria: leer y reflexionar, los pilares del pensamiento crítico.

 

Lucía López

Estudiante en prácticas de la Universidad de Oviedo

Sin comentarios

Publicar un comentario