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El placer de un buen relator

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Scarlett Johansson escogió la canción “Relator” para su bautismo musical y, junto a Pete Yorn, tarareaba a dúo el estribillo you don’t relate to me, que se ha venido traduciendo en algo así como “no sintonizas conmigo”. Esta expresión le sirve al protagonista de la historia para quejarse y reprochar a su interlocutor su falta de empatía.

Más o menos así de incomprendida debe haberse sentido la Vicepresidenta del Gobierno ante la mala acogida que ha tenido la introducción de su ya también famoso “relator” en el conflicto catalán (tanto dentro, como fuera de su partido). Esta figura, llamada a jugar un papel relevante en la negociación, ha sido luego tan matizada y acotada por la propia Carmen Calvo, que el elegido o elegida para reencarnarla -si finalmente se incorpora al tablero- tendrá que hacer malabares para conciliar los límites del terreno de juego con el desempeño de una función verdaderamente útil. Desde el “notario” inicial, pasando por  “mediador” hasta “facilitador” o “arbitro”, ninguna definición parece haber satisfecho plenamente a nadie, hasta el punto de que la propia vicepresidenta, acorralada en la arena lingüística, tanto o más que en la política, ha tratado de cerrar sin éxito la polémica adjetivando el nombre “relator” como un término «flexible», una estrategia que probablemente no le haya hecho ganar ni si quiera tiempo.

Más allá del evidente enredo, la controversia nos invita a reflexionar sobre el poder de las “palabras” y, en este caso también, sobre las consecuencias de subestimar sus efectos.  “Relator” nos devuelve en su origen a una de las capacidades más elementales del lenguaje y sobre la que se cimientan disciplinas humanas sustentadas en él.  Si relatar es “dar a conocer un hecho”, ¿cuáles son los factores que deben primar en un buen relato? Cabe preguntarse en primer lugar para qué o a quién dirigimos este relato, y en función de la respuesta, parece lógico pensar en la articulación de una línea más objetiva -como sería el caso del periodismo, la historia o la polémica figura del caso catalán- o si, por el contrario, en el relato deben primar otros intereses, como su capacidad de entretener, donde entonces la selección subjetiva debe tener un peso específico; tal y como te contaría un hecho un juglar de la edad media, un comediante de stand up en Netflix o un youtuber de aventuras.

Por lo tanto, probablemente ningún relato es mejor o peor por seguir una determinada línea, lo que cabe es juzgar si cumple con la expectativa, y para ello es importante conocer bien el marco. Quizás ha sido precisamente esa falta de definición, esa expresión tan difusa de su figura y de su papel, lo que ha provocado el enorme recelo en la inclusión del relator en el conflicto del procés. Y es lógico porque, como probablemente compartirían desde Millas a Chomsky, la realidad es más lingüística que real o, lo que eso lo mismo; vivimos en el mundo que nos contamos. Ahí es donde la figura del relator cobra una dimensión considerable, pese a los esfuerzos desordenados por parte de Calvo para minimizarla. Explicar el quién, el qué, el por qué, el cómo y el cuándo es importante. Especialmente en estos tiempos, en los que la desconfianza es generalizada en unos y otros debido al fraude informativo y a esa constante transgresión de las fronteras de los tipos de relato, que nos ha traído desde la manida posverdad hasta, directamente en los casos más graves, las fakenews.

Pero no debemos olvidar que las TIC no han hecho otra cosa que popularizar o aumentar los defectos, o efectos, sustanciales de nuestra comunicación. Nuestros problemas de entendimiento no tienen su origen en la tecnología que nos acompaña hoy, sino en la raíz de nuestras facultades humanas, pues cuando desarrollamos el lenguaje, nacimos también nuestra capacidad para mentir.

Por eso, independientemente de su idoneidad política, lo que parece claro es que la introducción de un relator sí necesita una mayor definición o, al menos, debate. Sobre el tema decía Guillermo Fernández Vara que «las cosas que son difíciles de explicar son aún más difíciles de entender» y probablemente no le faltase razón. Tampoco cuando apostillaba «sobre todo si no se escucha». Y a tal efecto sería interesante también recuperar otra figura que, como la del relator, tiene su origen y espacio en el ámbito jurídico: la del “oidor”, que nos daría para una reflexión sobre otra facultad estrictamente ligada al éxito del relato, pero que escasea actualmente.

Desde luego la polémica ha servido para resucitar términos apagados o en desuso. A relator se han unido otros, de manera indirecta y gracias al prolijo campo del insulto español, como “felón”, cuya sonoridad es bastante más simpática y ligera que su referencia, y que se ha convertido los últimos días en uno de los términos más buscados en internet. Al menos la RAE estará contenta.

Pedro Laguna, Director de Cronistar

 

 

 

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